Migranti: la historia de Adriana Jorquera, la bahiense que volvió de Italia para cocinar sus raíces
Después de vivir 30 años en Italia, Adriana Jorquera volvió a Bahía Blanca y creó Migranti, una propuesta de comida casera donde se cruzan la tradición italiana, los sabores argentinos, el tenis familiar y la memoria de los viejos comercios bahienses.

En el mostrador de Migranti hay pastas frescas, focaccias, raviolones, salsas, productos nobles y una historia que cruza el Atlántico. De un lado, Italia. Del otro, Bahía Blanca. En el medio, Adriana Jorquera: bahiense, cocinera, entrenadora de tenis, hija de comerciantes y protagonista de una historia que se entiende mejor con las manos en la masa.
Adriana nació en Bahía Blanca y creció en una familia marcada por el comercio, la cocina y el deporte. Su padre fue comerciante; su madre, primero maestra y luego también parte activa del negocio familiar. Durante años tuvieron una juguetería y regalería mayorista en Estomba 384, llamada El Rincón del Niño, donde la infancia de Adriana transcurrió entre estanterías, juguetes, mercadería y largas jornadas de trabajo familiar.
Pero en esa casa también había otra pasión: el tenis. Su padre era un apasionado del deporte y, en 1989, la familia decidió viajar a Europa acompañando la carrera de su hermano menor, Manolo, que prometía mucho como jugador. Ese viaje terminó abriendo una etapa de vida que duraría tres décadas.
Adriana se fue a Italia, formó su familia allá y vivió durante 30 años en un país que, según cuenta, la marcó profundamente en lo gastronómico. “El italiano hace todo con buenos productos, con productos frescos, con productos nobles”, recuerda. Esa idea quedó adentro suyo: no como una pose gourmet, sino como una forma de trabajar.

El regreso a Bahía Blanca no fue solamente una decisión económica ni práctica. Adriana lo explica como una elección tomada “con el corazón, pero también con la cabeza”. Quería que sus hijos, nacidos y criados en Italia durante parte de su vida, conocieran de cerca la cultura argentina, la amistad, la vida social, la familia y esa forma de vínculo cotidiano que ella recordaba de su infancia bahiense.
“Una cosa es vivir como turista y otra como residente permanente”, dice sobre Italia. No reniega de esos años; al contrario, los reconoce como una parte central de su vida. Allí nacieron sus hijos, allí construyó recuerdos y allí incorporó sabores, técnicas y formas de mirar la comida. Pero también sentía que Bahía Blanca conservaba algo que quería transmitirles.
En su vuelta encontró una ciudad distinta en algunos aspectos, pero todavía reconocible en lo humano. Volver le costó, admite. Sin embargo, al ver a sus hijos juntarse con amigos, compartir y vivir esa trama social argentina que ella valoraba, sintió que no se había equivocado.
Migranti nació de manera familiar. Al regresar de Italia, Adriana y sus hijos empezaron a cocinar para recordar sabores que habían dejado atrás: pizzas de estilo napolitano, pastas caseras, salsas italianas y preparaciones que los conectaban con aquella vida anterior.
La pandemia, paradójicamente, ayudó a darle forma al proyecto. Encerrados, practicaron recetas, hablaron con amigos de Italia, intercambiaron formas de preparación y fueron puliendo una propuesta que mezclaba experiencia, nostalgia y oficio.
El nombre también nació en familia. Fue Emanuel, su hijo del medio, nacido en la región italiana de Le Marche y hoy estudiante de arquitectura, quien propuso llamarlo Migranti. La palabra resumía el viaje de sus propios hijos: nacidos o criados en Italia, pero llegados a la ciudad donde había nacido su madre.
Emanuel también trabajó la identidad visual. En el logo resaltó las letras GR, vinculadas a Grosseto, en Toscana, provincia de origen de parte de la historia familiar. El azul, explica, remite a Italia, a la selección italiana y a una idea de elegancia simple para la marca. Las formas redondeadas buscaban evitar una identidad dura: Migranti hace comida, y la marca tenía que sentirse cercana.

La propuesta gastronómica de Migranti no busca elegir entre Italia y Argentina. Al contrario: las mezcla. Emanuel lo resume de manera directa: la idea es unir las dos culturas en lo gastronómico. De un lado, la masa, la pasta, la pizza y las preparaciones italianas. Del otro, las empanadas, las milanesas y sabores profundamente argentinos.
En ese cruce aparecen combinaciones propias, como un sándwich de focaccia con milanesa y berenjena. No es una rareza puesta para llamar la atención: es, en cierto modo, la definición exacta de Migranti. Una cocina donde la focaccia puede encontrarse con la milanesa sin pedir permiso, como se encuentran las historias familiares cuando cruzan países.
Entre los productos que Adriana considera fundamentales aparecen la pasta rellena, las pastas artesanales, las salsas boloñesas, el pesto, las focaccias, el tiramisú y la panna cotta. En el caso de la boloñesa, insiste en la base clásica: apio, cebolla y zanahoria, el sofrito que da profundidad y nobleza al sabor.
“Hay cosas que me hacen recordar todo eso”, dice sobre los sabores de Italia. En la textura de una panna cotta o en una salsa bien hecha aparece algo más que una receta: aparece una época de su vida.

"Migranti es comida, identidad y viaje. Es el recorrido de una familia entre Italia y Bahía Blanca, contado desde la cocina." — Adriana
Pero la historia de Adriana no empieza en Migranti. Antes del carrito, antes de las focaccias y de las pastas, hubo una juguetería. El Rincón del Niño, en Estomba 384, fue parte central de su infancia. Allí vivía con su familia, entre el local, la casa de sus abuelos y un movimiento constante de mercadería.
Adriana recuerda travesuras de chica junto a su hermano Guillermo: sacaban motores de lanchitas de juguete y los ponían en una fuente grande del patio, donde funcionaban como pequeños pescaditos. También recuerda los viajes a Buenos Aires para comprar mercadería, el colectivo amarillo que sus padres cargaban con juguetes y regalería, y las horas de trabajo familiar poniendo precios desde muy chicos.
Esa experiencia comercial le dejó una marca. Aprendió el trato, la constancia, la atención y esa forma de comercio de otra época, más familiar, más de barrio, donde la palabra y el vínculo tenían otro peso. Su padre, dice, era “el amigo de todos”, alguien dispuesto a dar una mano cuando hacía falta.
Y en esa memoria aparece también una conexión con otra historia comercial bahiense. Adriana recuerda que su padre caminaba desde la juguetería de Estomba hasta la juguetería de Jorge Amorosi para conversar o resolver temas vinculados al rubro. Recuerda entrar al negocio, ver a su padre hablar con Amorosi y conservar esa imagen como parte de una Bahía Blanca donde los comercios no eran solo locales: eran puntos de encuentro, redes familiares y fragmentos vivos de ciudad.
La historia de Adriana Jorquera también es una historia local. Habla de quienes se van, de quienes vuelven y de lo que traen consigo cuando regresan. A veces es una idea, una experiencia, una forma distinta de mirar la ciudad. En su caso, también es una manera de cocinar.
Migranti condensa varias capas en un mismo mostrador: la cocina de su abuela, los años vividos en Italia, el tenis como camino familiar hacia Europa, la decisión de volver para que sus hijos conocieran la cultura argentina, y la memoria de una infancia bahiense atravesada por el comercio, los juguetes y el trabajo familiar.
Por eso la propuesta no se agota en vender comida. En cada pasta, en cada focaccia, en cada salsa y en cada preparación casera aparece una biografía. La de una mujer que se fue, volvió y encontró en la cocina una forma de unir todo aquello que parecía separado.
También queda abierta otra puerta: la de recuperar historias de comercios familiares que marcaron a Bahía Blanca durante décadas. La juguetería de su padre, El Rincón del Niño, y los recuerdos que la conectan con otros nombres del comercio local muestran que detrás de un emprendimiento actual puede haber una memoria mucho más larga, hecha de familias, barrios, oficios y locales que todavía siguen vivos en el recuerdo de muchos bahienses.
Migranti no parece querer inventar una moda. Hace algo más raro y más valioso: cocina una historia de regreso. Entre Italia y Argentina, entre la infancia y el presente, entre el comercio familiar y la gastronomía actual, Adriana arma un puente pequeño pero poderoso. Y como suele pasar con las buenas historias locales, ese puente recién empieza a mostrar todo lo que conecta.



