El mundo que parecía eterno, cuando empiezan a irse quienes construyeron nuestra infancia
Quienes crecieron durante los años 80 y 90 empiezan a atravesar una sensación difícil de explicar: no sólo cambian las ciudades, los objetos y los lugares de la infancia. También comienzan a desaparecer las personas que construyeron aquel mundo que alguna vez parecía eterno.

Cuando somos chicos, nadie nos explica que el mundo también envejece.
Las calles parecen haber estado siempre ahí. Los edificios forman parte natural del paisaje. Los negocios del centro abren todas las mañanas. Los abuelos están en sus casas. Nuestros padres manejan mientras nosotros miramos por la ventanilla.
La televisión se enciende y aparecen las mismas voces, las mismas caras, los mismos dibujos.
Todo parece estable.
No existe todavía la idea de nostalgia porque, para sentir nostalgia, primero hay que descubrir que algo puede desaparecer.
Para quienes crecieron durante los años 80 y 90, esa certeza empieza a llegar ahora de una manera silenciosa.
No ocurrió un día determinado.
Fue pasando.
Un comercio cerró. Una fachada cambió. Un cine dejó de ser cine. Una tecnología que parecía extraordinaria terminó guardada en un placard. Una persona que formaba parte del paisaje de nuestra vida dejó de estar.
Y recién entonces empezamos a entender que aquel mundo nunca fue permanente.

Bahía Blanca también tiene una versión que ya sólo existe completamente dentro de quienes la vivieron.
No necesariamente era una ciudad mejor.
Era nuestra ciudad vista desde otra altura.
Desde el asiento trasero de un auto. Desde la mano de un adulto caminando por el centro. Desde una fila para entrar al cine. Desde una vidriera que para un chico parecía gigantesca.
El Palacio del Cine era simplemente el Palacio del Cine.
Las casas familiares parecían enormes.
Las calles tenían negocios cuyos carteles aprendíamos antes incluso de entender qué vendían.
Y había lugares que uno daba por sentado porque todavía no sabía que las ciudades también olvidan.
Después pasan veinte o treinta años.
Volvemos a caminar por la misma cuadra y algo no encaja.
El edificio continúa allí, quizás con otro nombre.
El negocio ya no existe.
La casa pertenece a otra familia.
La esquina sigue siendo la misma, pero nosotros ya no somos quienes la miraban entonces.
Tal vez por eso una fotografía vieja de Bahía puede conmover más que una imagen espectacular de cualquier lugar remoto.
No estamos mirando solamente una ciudad.
Estamos buscando rastros de nosotros mismos.

De chicos tampoco pensamos demasiado en quién construye el mundo.
Simplemente llegamos y ya está ahí.
Alguien levantó la casa.
Alguien abrió aquel comercio.
Alguien programó la televisión.
Alguien inventó esos personajes.
Alguien filmó las películas.
Alguien diseñó los juguetes.
Alguien organizó el cumpleaños.
Alguien puso combustible en el auto antes de llevarnos a pasear.
Nuestra infancia estuvo llena de arquitectos invisibles.
Empresarios, artistas, comerciantes, técnicos, docentes, músicos, madres, padres, abuelos.
Personas completamente distintas entre sí que participaron, muchas veces sin saberlo, de la construcción de un paisaje común.
Durante décadas parecieron pertenecer al mismo decorado inmutable.
Hasta que empiezan a irse.
Y entonces una generación experimenta una sensación nueva: comienza a ver desaparecer no solamente los símbolos de su infancia, sino también a quienes los hicieron posibles.
Antes de que internet estuviera en todos lados, una pantalla en el living podía contener el mundo entero.
Para los chicos de los 80 y 90, la televisión ocupaba un lugar difícil de reproducir hoy.
No era simplemente otra pantalla.
Era la pantalla.
Había horarios.
Había espera.
Había programas que todos veían más o menos al mismo tiempo.
Y había una especie de ritual colectivo alrededor de aquello que aparecía del otro lado del vidrio.
Dibujos animados, películas, videoclips, publicidades y personajes terminaron formando parte de una memoria compartida por millones de personas que nunca se conocieron entre sí.
Muchos de quienes crearon aquella cultura popular hoy envejecen.
Otros ya murieron.
Y cada una de esas noticias puede producir una reacción aparentemente desproporcionada.
¿Por qué puede doler la muerte de alguien a quien nunca conocimos?
Tal vez porque no lloramos solamente a esa persona.
También sentimos moverse algo de la arquitectura de nuestra propia memoria.

La infancia rara vez termina en un instante.
No existe una última tarde oficialmente declarada.
No sabemos cuál fue la última vez que jugamos con determinado juguete.
Cuál fue la última película que vimos sentados junto a nuestros abuelos.
Cuál fue el último viaje en aquel auto.
Cuál fue el último día en que entramos a un negocio antes de que cerrara.
La vida no coloca carteles diciendo: prestá atención, esto no va a volver a pasar.
Simplemente sigue.
Por eso hay recuerdos que adquieren importancia muchos años después.
Una bolsa.
Un sonido.
La textura de un televisor viejo.
Una canción.
La luz entrando por una ventana.
El recorrido de una calle.
Fragmentos completamente ordinarios que, con el tiempo, terminan convertidos en pequeñas cápsulas de una vida que ya no existe de aquella manera.
Quizás crecer también sea eso:
descubrir demasiado tarde qué cosas eran extraordinarias precisamente porque parecían comunes.
Hay, sin embargo, otra parte de esta historia.
Probablemente la más extraña.
Los chicos que miraban aquellas pantallas crecieron.
Los que viajaban en el asiento trasero ahora manejan.
Los que entraban de la mano de sus padres a determinados lugares hoy llevan de la mano a sus propios hijos.
Los que recibieron aquel mundo comienzan lentamente a ocupar el lugar de quienes lo construían.
Y ahí cambia el sentido de la nostalgia.
Porque mirar hacia atrás puede convertirse en algo más que lamentar lo perdido.
También puede servir para entender una responsabilidad.

Tal vez dentro de treinta años otro adulto recuerde el presente como nosotros recordamos los años 90.
Quizás extrañe una interfaz que hoy nos parece ordinaria.
Una canción.
Una plaza.
Un comercio.
Una manera de hablar.
Una tarde cualquiera con sus padres.
Quizás recuerde incluso cosas que nosotros hoy consideramos insignificantes.
Porque en este preciso momento hay chicos mirando el mundo exactamente como nosotros alguna vez lo miramos.
Sin saber cuánto va a cambiar.
Sin saber qué personas van a faltar.
Sin saber cuáles de estas imágenes aparentemente comunes terminarán acompañándolos durante toda su vida.
Ahí aparece una idea incómoda pero también hermosa:
ahora nosotros somos parte de la arquitectura de la infancia de alguien más.
Los mundos no duran para siempre.
Las personas tampoco.
Pero algo queda.
En las ciudades.
En las historias familiares.
En las imágenes.
En la música.
En la memoria de quienes vienen después.
Nuestra generación empieza a despedirse lentamente del mundo que la crió.
Y quizá ése sea también el momento exacto en el que descubre que recibió una posta.
Porque alguna vez fueron otros quienes construyeron el lugar desde donde mirábamos.
Ahora nos toca a nosotros.



